Psic.Licia López Carrillo
La sociedad de la opulencia se permea de tal forma en nuestras vidas que el consumo compulsivo no se limita a solo las tiendas. La forma frenética para el placer instantáneo se ha trasladado incluso a las relaciones sentimentales, cada vez menos duraderas, a las agendas diarias sobrecargadas de compromisos y actividades.
La madre que corre enloquecida del ballet de 4 a 5 pm y el inglés de 5 a 6pm, el padre que desayuna mientras camina al auto y trata de entablar una plática trascendente con el hijo en su tiempo de “calidad” 10 min antes de llegar a la escuela, mientras maneja y habla por el radio. Enseñando patrones acelerados y estresantes a sus pequeños aprendices de la vida; sus hijos. Consumimos tiempo y recursos corriendo contra el ritmo natural de las cosa.
A prisa y sin darnos cuenta de nada.
Todo lo queremos instantáneo, como el café o las sopas que para ahorrar tiempo compramos. Francesc Miralles considera que esta cultura de la impaciencia inicia con la revolución industrial y alcanza su punto máximo en esta década. La implantación masiva de internet y la telefonía móvil nos ha acostumbrado a respuestas inmediatas, según el psicólogo Miguel Ángel Manzano las nuevas tecnologías han construido un mundo virtual que acostumbra al individuo a tiempos de reacción inmediata.
Nuestras generaciones actuales demandan resultados a corto plazo. Pero ¿este nuevo modelo de vida nos hace más felices? ¿Al desaparecer el placer de la espera no disminuye el poder de la recompensa? Y en esta maratón interminable a un ritmo vertiginoso podríamos afirmar lo que Robert Louis Stevenson plantea; “Tanta urgencia tenemos por hacer cosas, que olvidamos lo único importante: vivir”.




